El dolor es una forma de conciencia, mueve montañas y en su desconocimiento no hay mucho movimiento. Claro, cuando es colectivo es mucho más observable, ni modo, de otra manera puede vivir solo en las cabezas y pesar ahí menos que un maíz inflado…
De todos modos, dolor hay por todas partes, es cosa de atender un poco. Siempre cegarse es una manera de evitar su encuentro. Como pasa con la bondad y la maldad; si notamos, la última suele ocurrir en compañía, así se esconde fácilmente y es por lo mismo generalmente cobarde; no así la bondad, esta es difícil ocultarla y sin embargo la mayoría la rehúye porque no implica muchos adeptos, aun así quienes se alzan a proclamarla sobresalen.
La maldad se comete y en este acto es donde aflora, por lo que puede ocultarse largamente en la malicia…la bondad es una forma, se lleva y vive, sin más.
El dolor se le parece, sin embargo se padece y quienes lo hacen suelen no estar muy respaldados, pero en el momento que se asume conmueve y moviliza…sorprende.
La maldad suele paralizar, por tanto, opaca, contamina y se reproduce ya que necesita de adeptos cómplices para existir; no así la bondad y el dolor, que necesitan adeptos, claro, para configurarse y darse a entender.
Ahora, la maldad puede generar dolor, pero de ese institucionalizado, impuesto y, por tanto no una forma de vida, sino aquel sorpresivo, inesperado y que acarrea daño…
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su anestesia